Andrea Magaña Gómez
Yo creo que, si de lo que se trata es de fomentar la lectura, es mucho más efectivo que los maestros prohíban la lectura de libros buenos y los hagan circular subrepticiamente1. No podría estar más de acuerdo con Jorge Ibargüengoitia, al igual que con mi madre.
Les contaré por qué: un domingo muy tapatío en los años 90, mientras paseábamos en familia por la glorieta de Chapalita, encontramos a un señor vendiendo enciclopedias. Compramos un conjunto de seis tomos y regresamos felices a casa, convencidos de que las visitas a la papelería serían menos frecuentes (el internet aún no llegaba a nuestro hogar). Pero al acomodarlos en el librero, mi madre tomó uno y lo escondió, diciendo que aún no teníamos edad para leerlo.
Ese tomo se convirtió en una obsesión para mi hermana y para mí. Lo buscamos por toda la casa como si se tratara de un tesoro escondido, hasta que finalmente lo encontramos entre su ropa interior. Nuestro asombro fue enorme: contenía imágenes anatómicas y gráficas sobre la reproducción. Hasta entonces, yo creía que los hijos nacían con un “abrazo de amor”. La prohibición solo despertó más nuestra curiosidad, confirmando lo que decía Ibargüengoitia: prohibir los libros solo hace que se lean a escondidas. Yo lo hice entre los encajes de mi madre.
Sor Juana también desafió la prohibición de leer y escribir. Para dedicarse al estudio, eligió la vida conventual en lugar del matrimonio. Su confesor le prohibió la lectura, pero, en vez de acatar la orden, se obsesionó con romperla. Su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una prueba de su lucidez e ironía ante la censura.
En realidad, lo que el ser humano busca por naturaleza es el libre albedrío, la posibilidad de elegir. Después de aquel descubrimiento con mi hermana, emprendí expediciones aún más fascinantes en la biblioteca de mis abuelos. Mi madre dejó de prohibirme las lecturas; había aprendido la lección: los libros prohibidos son los más atractivos. En aquella biblioteca encontré pequeñas joyas históricas y literarias que aún recuerdo, entre ellas una biografía de Sor Juana que relataba las peripecias que enfrentó desde niña para poder aprender. Aunque no recuerdo el nombre del autor, sí conservo en la memoria un detalle curioso: el gusto por los quesos que compartíamos, una afición que también tuvo quien en vida fue conocida como la Décima Musa.
1 Jorge Ibargüengoitia, Autopistas rápidas, Vuelta, México, 1993, p.28